Todos los años, en estas fechas, este es el grito que nos guía para seguir enalteciendo a nuestra hoy fatigada Patria. Es una forma de cohesión colectiva que nos une a todos en un mismo principio: México es el país de todos, el país que nos enorgullece; el que con su historia nos da identidad; con su gente, nos brinda corazón, ingenio y carácter; el país que con su cultura, territorio y naturaleza nos da riqueza; con su niñez, esperanza. Como México no hay dos.

En el mes de septiembre, el Presidente —hoy Presidenta— dedica algunos días para pensar en las proclamas que expresará el día 15. Estas se han convertido en un reflejo del pensamiento y prioridades políticas del máximo líder político del país. El origen del ritual, como lo conocemos ahora, inicia en 1896 con Porfirio Díaz y el traslado de la campana de Dolores al Zócalo de la Ciudad de México. Desde entonces se ha vuelto tradición el que cada noche previa al 16 de septiembre, el jefe del Estado mexicano salga al balcón de Palacio Nacional, toque la emblemática campana, lance sus arengas y ondee la bandera nacional.

En 1910, Díaz lanzó vivas a la República, la Libertad, la Independencia, a los Héroes de la Patria y al pueblo mexicano. En su momento, Francisco I. Madero rompió paradigmas dirigiéndose a la población como Ciudadanos, reconociendo sus derechos, responsabilidades y poder de decisión.

Llegado el neoliberalismo, De la Madrid vivió el clima de descontento de la población por el actuar de su gobierno en el temblor del ‘85. Con Salinas de Gortari se dio un ambiente festivo por el auge económico y la globalización resultado del TLC. El de Ernesto Zedillo trascendió por su viva nuestra Democracia. Fox introdujo el lenguaje inclusivo dirigiéndose a la ciudadanía como mexicanas, mexicanos; incluyó a Leona Vicario y lanzó vítores a la democracia, las instituciones, la unidad y la paz.

A Felipe Calderón le tocó la conmemoración del bicentenario de la Independencia, aumentó la solemnidad del acto con cadetes del Heroico Colegio Militar en los salones de Palacio Nacional. Fue la primera vez que el ritual se realizó en dos lugares diferentes: Palacio Nacional y Dolores —en el mismo sitio donde Hidalgo diera el primer grito hace 200 años.

Con la llegada de López Obrador, ya no solo aparecieron los vivas, el expresidente introdujo los muera. Podemos destacar su viva la Cuarta Transformación y muera la corrupción. Ninguna de las dos cosas ha trascendido más allá de las arengas.

El pasado martes, Claudia Sheinbaum dio un grito sobrio sin expresiones fuera de las ya conocidas. Personajes históricos salieron, otros entraron. Se caracterizó por visibilizar a los invisibilizados —nunca a los desaparecidos—. Repitió sus vivas a la justicia y a la democracia, justo en un momento en el que el movimiento que representa se ha ido adueñando de ambos conceptos.

Que viva México y los mexicanos, mas no aquellos que han tomado a la Patria como rehén y nos han arrebatado principios y valores que, a lo largo de las décadas, políticos —sin importar color e ideología— han usado como estandarte, gritándoles vivas con gran histrionismo y euforia en la plaza pública, aunque en los hechos la historia sea completamente diferente.

 

    @isilop