Durante años, la conversación en materia tecnológica estuvo dominada por un ánimo predominantemente optimista. Cada nueva herramienta ampliaba nuestras capacidades. Hoy trabajamos, aprendemos y nos comunicamos con una velocidad inédita. Sin embargo, mientras celebrábamos todo lo que la tecnología nos permitía hacer, comenzamos a advertir algo menos evidente, a saber, que también estaba modificando la forma en que prestamos atención.
Y digo esto, porque la atención no es una capacidad ilimitada. El cerebro selecciona una parte de la información disponible y deja el resto en segundo plano. Por eso, aquello que llamamos multitask puede ser, en realidad, un cambio constante entre actividades. Y la consecuencia no es necesariamente hacer menos, sino dedicar a cada tarea menos tiempo continuo, menor profundidad y, con frecuencia, mayor desgaste.
Este fenómeno no puede atribuirse a una sola empresa ni reducirse al funcionamiento de una plataforma. Responde a un ecosistema marcado por la inmediatez, pero también a hábitos sociales, educativos y laborales que han normalizado la interrupción permanente.Y la cuestión es que el asunto es especialmente relevante entre menores.
En ese contexto, considero, debe leerse el reciente acuerdo alcanzado en Estados Unidos entre Meta y un grupo de fiscales generales estatales; pues más allá del monto y de las acusaciones que originaron el litigio, lo relevante está en las soluciones acordadas. Entre ellas se encuentran límites de tiempo, restricciones nocturnas, silenciamiento de notificaciones durante el horario escolar, mayores controles parentales y verificación de edad.
Sin duda, el cambio de fondo es importante. Hasta ahora, buena parte de la discusión pública se había concentrado en los contenidos que circulan en internet. Este caso incorpora otra dimensión relacionada con la manera en que están diseñadas las experiencias digitales y la posibilidad de introducir protecciones desde su configuración inicial. Y no se trata de asumir que todo diseño busca generar dependencia, sino de reconocer que las decisiones técnicas también pueden promover usos más adecuados.
En ese sentido, me parece que la experiencia educativa ofrece una reflexión semejante. Suecia, pese a ser una de las sociedades más digitalizadas, ha reducido la exposición a pantallas y, recuperado libros y escritura a mano en algunas etapas escolares. Y aquí la lección no es que deba abandonarse la tecnología. Es que incorporar dispositivos sin objetivos pedagógicos claros no garantiza mejores aprendizajes, del mismo modo que volver al papel tampoco resolverá por sí solo los problemas educativos.
Es por ello que frente a la discusión que comienza a tomar forma en distintos países, convendría evitar respuestas apresuradas; pues ni la prohibición general ni la ausencia de reglas ofrecen un equilibrio suficiente. Se deben emprender medidas integrales y con una perspectiva de largo plazo que no detengan la innovación, sino que la acompañen de la mano con el sector.
- Consultor y profesor universitario
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