Robert Kennedy dijo en marzo de 1968: “el Producto Interno Bruto no toma en cuenta la salud de nuestros niños, la calidad de su educación, la alegría que les brindan sus juegos... en pocas palabras, mide todo excepto aquello que le da valor a la vida…”
Con esta reflexión inicia el “Reporte de la Comisión para el Estudio y la Promoción del Bienestar en América Latina”(http://bit.ly/R4jG0q) que diversos especialistas elaboraron como parte del documento “Medición, investigación e incorporación a la política pública del bienestar subjetivo: América Latina”, editado por el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, AC (FCCyT), y que traigo a colación tras el intenso debate que suscita en México la reforma educativa y la consecuente evaluación del personal docente.
De las múltiples cuestiones de ese debate, extraigo algunas sobre el tipo de educación que estamos construyendo: ¿apunta la reforma a lo que necesitamos para insertarnos como sociedad del conocimiento?, ¿qué es mejor: evaluar a las personas o al sistema? y, complementariamente, ¿hay alguna relación entre la calidad educativa y la percepción de bienestar?
Los autores del reporte, entre los que se hallan Mariano Rojas (Costa Rica), Joaquina Palomar (México), Jorge Yamamoto (Perú), Eduardo Will (Colombia) y Emilio Moyán (Chile), descubrieron significativas relaciones entre la educación y el bienestar subjetivo (sensación de felicidad). Así, la probabilidad de que se declaren felices quienes tienen educación superior (incluso trunca) es mayor respecto de quienes sólo recibieron formación escolar básica. Paralelamente, un estudio en la ciudad de Monterrey (2002) revela que varias preguntas sobre felicidad se relacionaban con la educación, así como también que la gente que carece de ella es más infeliz, en promedio.
Sin embargo, y aunque estos resultados se equiparan con los provenientes de análisis semejantes en otras regiones del mundo, la relación entre educación y bienestar subjetivo tendría -y así lo recomiendan los especialistas– que explorarse “más a fondo pues parece haber vías, como el ingreso, a través de las cuales la educación ejerce su influencia”.
Por ejemplo, en el apartado 4.2 Educación se menciona el hallazgo de que “el bienestar subjetivo se relaciona positivamente con el colectivismo y negativamente con el individualismo”; en tanto, estudios llevados a cabo en zonas peri-urbanas y urbano-marginal andinas muestran todo lo contrario. Los autores consideran que esto puede indicar que la educación moderna, basada en sistemas de competencia intensa, tiende a romper el sentido de cooperación y solidaridad entre las personas.
Ante ello, Mariano Rojas propone una nueva concepción de desarrollo que privilegie la satisfacción de vida de las personas y no sólo el incremento del ingreso; “lo cual exige un replanteamiento de conceptos como el de los capitales físico, humano y social, que se han definido dentro de una idea de desarrollo anclada en el crecimiento económico”.
Una nueva concepción de capital humano, nos dice Rojas, implicaría abandonar la visión instrumental de las relaciones humanas y su contribución del ingreso para buscar la evaluación de conocimientos, habilidades y, sobre todo, rescatar los valores intrínsecos de los sujetos, que permitan construir, acrecentar y compartir el bienestar subjetivo, de una vida más plena y satisfactoria o, como diría Elena Poniatowska, “confeccionar y repartir tambachitos de felicidad”.
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