El tema de la corrupción es un asunto de orden cultural. Esta frase es quizás una de las más memorables —y criticadas— del expresidente Enrique Peña Nieto. De acuerdo con Transparencia Internacional, de 2012 a 2018, México cayó en el Índice de percepción de corrupción del lugar 105 al 138 —de 180 países evaluados. Paradójicas palabras de quien encabezara el sexenio que nos mandó a tan deshonrosa posición en el ranking mundial y que se caracterizó por sus múltiples escándalos en la materia: Casa blanca; La estafa maestra; Odebrecht; los negocios de la nueva generación de gobernadores priistas… usted agregue.
López Obrador, como tesis principal, planteaba que la corrupción se ejercía de arriba hacia abajo y que el ejemplo de un Presidente honesto bastaba para purificar al resto de la administración pública: si el Presidente es corrupto, los gobernadores van a ser corruptos. Si es honesto, van a ser honestos todos. De acuerdo con el índice mencionado, México pasó del lugar 138 en 2018, al 141 en 2025.
Cuando inició su mandato, AMLO prometió que los contratos de gobierno se harían a través de licitaciones públicas y que las adjudicaciones directas estarían prohibidas. Durante la administración de Peña, la cifra más alta en este tipo de adjudicaciones fue del 35%, con López Obrador del 80% (MCCI). La urgencia por ejecutar las obras o proyectos del ejecutivo contribuyó a generar una cultura de componenda, opacidad, tolerancia e impunidad que ha quedado arraigada en la función pública y cuyas consecuencias son vastas y evidentes.
Hoy estamos viendo a una Presidenta que parece no tener la capacidad o el interés de poner en orden a funcionarios y representantes populares de su grupo político involucrados en actividades ilícitas. Contrario a lo que vaticinaba López Obrador, se ha generado una cultura organizacional de gobierno en donde los miembros del movimiento —y de su familia— no quieren quedar fuera de la bonanza. La honestidad no solo no ha permeado de arriba hacia abajo, sino que son la corrupción, las inapropiadas relaciones de poder y las oscuras alianzas entre el poder político y el económico —e incluso el criminal— las que lo han hecho.
No sé si Peña tenía razón respecto a que el problema de corrupción es un asunto cultural, lo que sí parece ser cierto es que, a raíz de la tan anunciada austeridad republicana, pasando por la inclusión de cualquier perfil a la causa obradorista, hasta la falta de supervisión por parte de los 214 Órganos Internos de Control que existen en la administración pública federal —y de las omisiones de quienes serían ejemplo de honestidad—, se ha creado una nueva cultura de dispendio, ilegalidad y arribismo político.
López Obrador abrió las puertas de su movimiento a todo tipo de individuo. No le importaron calidad moral, reputación ni antecedentes. Llegar a la presidencia bien valía el no dejar fuera a nadie que quisiera ser parte de la Cuarta Transformación. Paradójicamente hoy nadie quiere quedar fuera, pero del presupuesto, las posiciones de poder, las prebendas y los placeres mundanos que en tan alta estima tienen varios personajes del nuevo régimen. Qué razón tenía Oscar Wilde al señalar que la única forma de librarse de una tentación es caer en ella.
@isilop
