Héctor Zagal
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Héctor Zagal

 (Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

Sigo sin entender qué tiene que pasarle por la cabeza a alguien para cometer un crimen como el de Sebastián Rosen, detenido por el asesinato de Jonathan Meléndez, su esposa embarazada, su hija de tres años, la empleada doméstica y un perro. Uno lee la nota e intenta ordenar los datos y buscar las motivaciones, pero todas se quedan cortas. Siempre se vuelve a la pregunta elemental: ¿cómo puede alguien hacer eso?

No sabemos con claridad por qué cometió el crimen. La prensa ha sugerido posibles móviles económicos. Puede ser. El dinero ha llevado a muchas personas a cometer actos atroces. Pero una cosa es querer cobrar o vengarse, y otra completamente distinta la barbaridad acontecida, parece absolutamente fuera de cualquier medida.

Ahora bien, es tentador convertir estos hechos en diagnóstico nacional, decir que México está podrido y que la sociedad se derrumba. Me parece que debemos reconocer que, lamentablemente, en todo el mundo existen crímenes de este tipo, violentos y desproporcionados. No me parece que este evento demuestre un colapso civilizatorio, una vez más, el suceso habla más del individuo que los cometió.

Aristóteles, en la Ética nicomáquea, estudia las virtudes y los vicios del alma humana. Hay personas de todo tipo, intemperantes, injustas, cobardes, avaras, iracundos. Hay quien elige mal, desea mal y se habitúa al mal. El filósofo analiza estas fallas de cálculo, el individuo se equivoca de medida y se deja gobernar por deseos equivocados.

Pero hay otros casos en los que eso tampoco explica la maldad. En el libro VII habla de estados bestiales, brutales, fuera de la escala ordinaria del vicio. Menciona a Fálaris, un tirano conocido por devorar niños y disfrutar la tortura; menciona el caso de una mujer que devora fetos; habla de pueblos que intercambiaban hijos para comérselos. Los ejemplos, aunque legendarios, nos recuerdan que hay actos que rompen por completo la escala moral.

Aristóteles tenía una palabra para eso: bestialidad. Algo que no se explica como mal carácter ni como simple falta de autocontrol. Algo que se asemeja más a la enfermedad. Desde luego, Aristóteles carecía del marco médico y psiquiátrico con el que contamos hoy en día, pero definitivamente ya apuntaba a un triste elemento de la condición humana que ilustra crímenes como el de Rosen.

Pienso también en su hijo, de seis años, que sobrevivió gracias a esconderse debajo de la cama. A pesar de permanecer con vida, es inevitable pensar en el trauma. Tiene por delante un camino durísimo, espero que sea acompañado por familiares amorosos y especialistas competentes.

Hay males a los que podemos encontrarles una justificación. Hay malos que se castigan, pero hay otros que, incluso castigados, siguen dejándonos frente a la pregunta terrible de cómo alguien podría cometer algo así.

Profesor de la Facultad de Filosofía en la Universidad Panamericana